``¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y dijo Dios a
Moisés: YO SOY EL QUE SOY”.
Se
levantó muy despacio y fue al baño de la cabaña que había
alquilado. Se miró al espejo y dijo: “yo soy el que soy”.
Abrió
la puerta y salió al aire fresco de la montaña.
Llegó
al borde del angosto cañón donde moraban los cóndores. Allí
estaban, al sol de la mañana, pasajeros de los vientos. Los siguió
con la mirada.
—¡Yo
soy el que soy!
—les gritó. Extendió los brazos sonriendo y se lanzó tras la
ilusión (o convicción) del vuelo.
¡Yo
soy el que soy! ¡Yo soy el que soy! ¡Yo soy el que soy!
El
eco de su voz siguió golpeando las paredes.
¡Yo
soy el que soy! ¡Yo
soy el que soy!
¡Yo
soy el que soy!
Cada
letra de la frase repetida se fue transformando en un microscópico
granito de polvo que ascendió hasta acariciar por un instante las
alas de los cóndores. Luego, suavemente, fue a depositarse en el
fondo silencioso del barranco.

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