``¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y dijo Dios a
Moisés: YO SOY EL QUE SOY”.
Se
levantó muy despacio y fue al baño de la cabaña que había
alquilado. Se miró al espejo y dijo: “yo soy el que soy”.
Abrió
la puerta y salió al aire fresco de la montaña.
Llegó
al borde del angosto cañón donde moraban los cóndores. Allí
estaban, al sol de la mañana, pasajeros de los vientos. Los siguió
con la mirada.
—¡Yo
soy el que soy!
—les gritó. Extendió los brazos sonriendo y se lanzó tras la
ilusión (o convicción) del vuelo.
¡Yo
soy el que soy! ¡Yo soy el que soy! ¡Yo soy el que soy!
El
eco de su voz siguió golpeando las paredes.
¡Yo
soy el que soy! ¡Yo
soy el que soy!¡Yo
soy el que soy!
Cada
letra de la frase repetida se fue transformando en un microscópico
granito de polvo que ascendió hasta acariciar por un instante las
alas de los cóndores. Luego, suavemente, fue a depositarse en el
fondo silencioso del barranco.
—Lo
sabía. Siempre he sido consciente de tus intentos y tus
alejamientos. He visto tus torpezas y tus naufragios. Conocí tus
tropiezos y caídas y tu empeño en volver a levantarte para seguir
una sombra escurridiza. Sin saberlo, a veces fuiste un roce efímero,
una brisa repentina, el atisbo de un perfume que no se alcanza
retener.
Sus
palabras caían irremediables. La notaba fría, distante,
inalcanzable, como esos espejismos que visten el pavimento caliente
con un engañoso matiz acuoso. La decepción me iba inundando
nuevamente. Mi sueño, amasado y vuelto a amasar a través de tiempos
y distancias, se iba resquebrajando como la tierra que ha perdido la
memoria de la lluvia.
—Por
acercarme a ti atravesé fronteras impalpables y los campos de
batalla quedaron teñidos con mi sangre —respondí—. Recibí
heridas y gané mil muertes y mil renacimientos. Me defendieron y me
atacaron con filosas espadas y plumas contundentes. Me despreciaron y
secuestraron.
Imperturbable
derramaba desde su altura un silencio que cubría todos los sonidos y
todas las pasiones.
—Me
encerraron. Me condenaron.
»Y me
olvidaron.
»Llegué a
odiarte y construir distancias para no encontrarte. El rencor
transformó mi espalda en el rostro del desprecio, y mi rostro en
una máscara del tuyo, y con ella salí a sembrar simientes
venenosas, serpientes escondidas.
»Y
secuestré. Y encerré. Y condené. Y liberé. A mi arbitrio. Sin más
razones que argucias vendidas al mejor postor en los oscuros
callejones de las meretrices, allí donde no llegan las plegarias, y
las madres amamantan sin leche niños sin futuro.
»Te
olvidé. Aunque el olvido nunca es una decisión definitiva. Ni
siquiera una decisión, apenas una tregua, una trampa con fecha de
vencimiento. Tu destino y el mío están escritos. Somos dos formas
de una misma esencia. Un mismo ser definitivo, el punto final de la
convergencia, más allá de todos los desvíos.
»No puedes
alejarte. Tú, La Justicia; yo, La Ley. Debemos permanecer unidas
para siempre con el lazo inalterable de la Suprema Virtud imaginada
por la razón que nos justifica: el Hombre.
—Detente
—al fin rompió el silencio, y su voz sonó a tristeza, a
desesperanza—. Has nombrado el muro, el abismo infinito que lo
impide. El Hombre es una contradicción que late y camina. Tú y yo
estamos de este lado de su espejo, somos la imagen que refleja, su
propia incompatibilidad. No pidas lo imposible.