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domingo, 2 de diciembre de 2018

El muro y el espejo





—Lo sabía. Siempre he sido consciente de tus intentos y tus alejamientos. He visto tus torpezas y tus naufragios. Conocí tus tropiezos y caídas y tu empeño en volver a levantarte para seguir una sombra escurridiza. Sin saberlo, a veces fuiste un roce efímero, una brisa repentina, el atisbo de un perfume que no se alcanza retener.
Sus palabras caían irremediables. La notaba fría, distante, inalcanzable, como esos espejismos que visten el pavimento caliente con un engañoso matiz acuoso. La decepción me iba inundando nuevamente. Mi sueño, amasado y vuelto a amasar a través de tiempos y distancias, se iba resquebrajando como la tierra que ha perdido la memoria de la lluvia.
Por acercarme a ti atravesé fronteras impalpables y los campos de batalla quedaron teñidos con mi sangre —respondí—. Recibí heridas y gané mil muertes y mil renacimientos. Me defendieron y me atacaron con filosas espadas y plumas contundentes. Me despreciaron y secuestraron.
Imperturbable derramaba desde su altura un silencio que cubría todos los sonidos y todas las pasiones.
Me encerraron. Me condenaron.
»Y me olvidaron.
»Llegué a odiarte y construir distancias para no encontrarte. El rencor transformó mi espalda en el rostro del desprecio, y mi rostro en una máscara del tuyo, y con ella salí a sembrar simientes venenosas, serpientes escondidas.
»Y secuestré. Y encerré. Y condené. Y liberé. A mi arbitrio. Sin más razones que argucias vendidas al mejor postor en los oscuros callejones de las meretrices, allí donde no llegan las plegarias, y las madres amamantan sin leche niños sin futuro.
»Te olvidé. Aunque el olvido nunca es una decisión definitiva. Ni siquiera una decisión, apenas una tregua, una trampa con fecha de vencimiento. Tu destino y el mío están escritos. Somos dos formas de una misma esencia. Un mismo ser definitivo, el punto final de la convergencia, más allá de todos los desvíos.
»No puedes alejarte. Tú, La Justicia; yo, La Ley. Debemos permanecer unidas para siempre con el lazo inalterable de la Suprema Virtud imaginada por la razón que nos justifica: el Hombre.
—Detente —al fin rompió el silencio, y su voz sonó a tristeza, a desesperanza—. Has nombrado el muro, el abismo infinito que lo impide. El Hombre es una contradicción que late y camina. Tú y yo estamos de este lado de su espejo, somos la imagen que refleja, su propia incompatibilidad. No pidas lo imposible.




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